«El que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, y da fruto.»
Mateo 13:23
La Biblia tiene una función y un propósito: educar, formar y desarrollar nuestra fe. No es un libro oscuro ni una novela. Es la palabra de Dios, escrita para revelarnos a Jesús y, por medio de él, al Padre.
Jesús dio gracias porque Dios escondió estas cosas de los sabios y de los entendidos y se las reveló a los niños. La revelación de Dios no es exclusiva de unos pocos. Está al alcance de todo aquel que se acerca con una sana intención de comprender. No hace falta ser muy sabio para que Dios se revele a nosotros.
¿Cómo funciona la palabra de Dios cuando la leemos? Como una semilla. El sembrador salió a sembrar el pensamiento de Dios, su sentimiento y su forma de pensar en el corazón de la gente. Y una semilla necesita tres cosas.
Primero, cabida. Si no encuentra lugar, no tiene funcionalidad. Es como echar un grano de trigo sobre el asfalto: ahí no va a funcionar nunca. Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.
Segundo, tiempo. La palabra de Dios no puede ser la miseria de nuestro tiempo. No es para cuando ya no tengo nada que hacer, cuando estoy aburrido, cuando me he visto todas las series y todos los vídeos del día. Entonces no te va a caber nada, porque tu mente está llena de historias. La Biblia tiene que tener el mejor tiempo del día.
Tercero, profundidad. Si siempre nos quedamos en que Dios me ama y Dios es bueno, y ahí nos mantenemos, es señal de que la palabra todavía no ha profundizado lo suficiente en nuestro interior para comprometernos con las cosas del reino.
Cuida tu mente. Por ella entran los pensamientos, los sentimientos y las ideas que forman lo que somos y cómo vivimos. Métele los consejos y los argumentos de Dios y tendrás luz a tus pies y alumbrará tu camino.
Más el que fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto.

