Los seres humanos solemos tener espacios grises en nuestra vida. Aunque creemos en la bondad de Dios y le amamos, hay decisiones que preferimos reservarnos: en el fondo pensamos que Dios está bien, pero de este asunto me encargo yo. Así vamos decidiendo sobre el tiempo, el dinero, el trabajo, la familia o la educación de los hijos, áreas en las que queremos tener el control.
Los primeros capítulos del evangelio de Marcos (1 al 3) nos presentan una línea constante: la autoridad y el señorío de Jesús. Marcos quiere dejar claro que Jesús es el Hijo de Dios (Marcos 1:1) y que, por tanto, tiene toda la autoridad, sin excepción. Jesús enseña «como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Marcos 1:21-22). Su autoridad alcanza la enfermedad (Marcos 1:29-31; 1:40-45), el pecado (Marcos 2:1-12), la ley (Marcos 2:23-28) y el llamamiento de quienes le siguen (Marcos 1:16-20; 2:13-14). Y Jesús la comparte con sus discípulos (Marcos 3:13-15).
La palabra «autoridad» comparte raíz con «autor»: es la capacidad moral de quien es origen de algo. La autoridad de Jesús no es delegada, como la de un policía que depende de su uniforme, sino que nace de lo que él es. Una madre tiene autoridad no por un uniforme de mamá, sino porque es mamá. Los maestros de la época legitimaban su enseñanza citando a quién habían seguido; Jesús no lo necesita, porque es el autor de la vida (Hechos 3:15).
¿Qué podemos hacer ante la autoridad de Jesús? Marcos nos invita a tres movimientos: reconocerla, recibirla y reflejarla.
- Reconocerla. Escuchar a Jesús nos lleva a responder quién es él: el Hijo de Dios, la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15).
- Recibirla. Podemos acudir a él con nuestra enfermedad, nuestro pecado o nuestra exclusión, con la certeza de que es Dios. Él toca al leproso y lo limpia (Marcos 1:41-42), y perdona al paralítico y lo levanta (Marcos 2:5-12).
- Reflejarla. Ser discípulo implica compartir su autoridad con otros (Marcos 3:14-15; Mateo 28:18-19). Cuando la reflejamos, hablamos de él y no de nosotros (Hechos 3:12-16; Salmo 115:1).
Todo se trata de él, por él y para él (Colosenses 1:16). Reconocer su autoridad no basta, hay que doblegar la vida ante ella: «para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor» (Filipenses 2:10-11). Y esa autoridad no es autoritarismo: Jesús, con toda la autoridad, tuvo misericordia del leproso y le dijo «Quiero; sé limpio» (Marcos 1:41).
Los lugares grises de nuestra vida pueden ser alumbrados y transformados por Cristo cuando dejamos que su autoridad gobierne nuestro corazón, nos doblegamos ante él y confesamos que él es nuestro Señor.

