Cita sobre fondo lila: «Sed llenos del Espíritu Santo», con el versículo «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien, sed llenos del Espíritu».

Una cosa es ser iglesia y otra vivir en comunidad

¿Cómo pudo un grupo de ciento veinte personas sin formación, sin libros y sin medios poner en marcha algo que hoy, con la Biblia entera en la mano, nos cuesta tanto?

Ellos ni siquiera tenían Nuevo Testamento: solo lo que los apóstoles podían transmitirles de haber estado con Jesús. Tenían menos formación y menos información que nosotros, y aun así se lanzaron a un mundo lleno de filosofías con un único mensaje: el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y Jesús resucitado de los muertos.

¿Qué los diferenciaba? Que iban en el nombre de Jesús y que pasaban tiempos en oración buscando a Dios para poder anunciar con autoridad. No fue inteligencia, ni medios, ni preparación. Fue el Espíritu Santo.

Y tenían el mejor método, que no son los folletos ni los grandes acontecimientos en los estadios. Era la vida en común: «perseverando unánimes cada día en el templo y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo» (Hechos 2:46-47). Eso fue lo que convenció a la gente de alrededor.

Porque una cosa es ser iglesia y otra es vivir en comunidad. Iglesia es el grupo que comparte una misma fe. Comunidad es la que vive el propósito de Cristo y lo comparte a diario, la que fraterniza, se acerca y convive con ese fin. Y ese propósito tiene nombre: «somos embajadores en nombre de Cristo» (2 Corintios 5:20). A nosotros se nos ha entregado el ministerio de la reconciliación, que es acercar el mundo a Dios.

Lo que más estorba ese encargo somos nosotros mismos: las competencias, las rivalidades, las comparaciones de unos con otros. Pero la unidad no es la unidad de lo igual, sino la unión de lo diverso. Que tú no pienses como yo no es el problema; juntos, desde la diversidad, somos más fuertes.

Frente a un mundo que nos lleva ventaja en tantas cosas, no se trata de presentar batalla con cuatro ideas religiosas. Hay que doblar las rodillas y buscar a Dios, porque se juega como se entrena: vidas de oración, vidas en la palabra, vidas de comunidad que comparten tiempos, abrazos, tristezas y ánimos. Cuando la gente ve eso, no hace falta decir nada. Dirán: «yo quiero tener lo que tú tienes».