Y vio Dios que era bueno

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¿Te has preguntado cómo te ve Dios? ¿Qué piensa de ti? Génesis nos cuenta que, cuando Dios hizo la creación, la miró y la valoró como buena, «buena en gran manera» (Génesis 1:31). Después de la caída, el pecado dañó todo lo bueno que Dios había hecho. Pero la expresión de su amor a lo largo de la historia, y lo que él ha hecho en nuestra vida por medio de Cristo, nos muestran que tiene pensamientos de bien para cada uno de nosotros. Somos obra de sus manos.

Si Dios piensa bien de ti, ¿cómo piensas tú de tu hermano? La familia y la iglesia se parecen al mecanismo de un reloj clásico: en su interior hay muchas piezas pequeñas y todas deben encajar para que el reloj funcione. Así, cada miembro de una familia o de una iglesia debe aprender a relacionarse con su hermano para llevar a cabo la misión que Dios le ha dado.

Vivir en comunidad no suele ser fácil, y vivir en pareja tampoco. Muchas veces nos sentimos decepcionados y pensamos que los demás nos han fallado. Pero si lo analizamos con más profundidad, descubrimos que, en muchas ocasiones, quienes fallan no son nuestros hermanos, sino las expectativas que tenemos sobre ellos.

Puede ocurrir que espere algo de una persona y que lo que dice o hace no se parezca a lo que yo esperaba. Entonces lo tomo como un fallo, como algo personal. Por eso es bueno pensar con cordura. Pablo nos dice que nadie tenga de sí mismo un concepto más alto del que debe tener (Romanos 12:3). Tampoco debo exigirle a mi hermano más de lo que Dios está formando en él.

Así como yo soy criatura de Dios, mi hermano también lo es. Así como Dios trata con mi corazón, también trata con el suyo. Lo que yo he aprendido y lo que Dios me ha permitido vivir no puedo esperarlo, de un día para otro, en la vida de mi hermano. Dios es nuestro dueño y de él dependemos.

Ora por tu hermano. No pidas que cambie según tu imagen, tus pensamientos o tus actitudes; pide a Dios que lo bendiga y que siga haciendo su obra transformadora en él.